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Nunca bajar la guardia

Sentirse ansioso parece ser el mal de moda del siglo XXI. La tensión permanente sin motivo debe consultarse cuando se vuelve crónica e inmanejable.

Gabriela Vaz

"En el momento más jodido, la ansiedad era no poder dormir; sentirme culpable hasta por eso. Sentir la necesidad de tener siempre las cosas resueltas. Yo entro a trabajar a media mañana y dos horas antes tengo que tener todo estructurado, una especie de hoja de ruta trazada, todo planificado para saber qué hacer. No puedo estar un segundo quieto. Siento que no tengo un tiempo para parar, tomar agua, ver mails. Yo vivo muy lejos de donde trabajo y el hecho de pasar una hora y media de tiempo muerto en el ómnibus es otro factor de estrés. Llego a casa y adelanto. Y si no tengo nada que adelantar, voy pensando en cosas. De lo contrario, es como si estuviera perdiendo tiempo".

Miguel (37) es un autorreconocido ansioso que presta su testimonio para explicar qué se siente vivir en casi permanente estado de alerta. Porque la ansiedad, término harto utilizado en esta era, no es más que eso. "Una respuesta emocional y orgánica que se caracteriza por una activación de los recursos fisiológicos que facilitan pasar a la acción: tensión muscular, aceleración del ritmo cardíaco, incremento de la glucosa en la sangre para disponer de energía. Todas esas reacciones tienen una finalidad y es preparar al individuo para defenderse o atacar en situaciones de riesgo, o en aquellas en las que se necesita un esfuerzo importante para lograr un objetivo", define el psicoanalista Luis Correa.

Es lo que sentían nuestros antepasados cuando salían a cazar y se enfrentaban a un depredador; todo su cuerpo se alistaba para atacar o defenderse.

El problema es cuando se siente eso mismo pero enfrente no hay un tigre sino un gato. O apenas la idea de un gato. Cuando el gato es ir a trabajar, o conocer gente nueva, o lidiar con los conflictos menores de la vida cotidiana. Cuando jamás se baja la guardia y todos los síntomas físicos asociados al peligro inminente -la respiración agitada, el corazón acelerado, la sudoración, el aumento de la presión- aparecen frente a estímulos de riesgo cero, o frente a la nada misma.

La ansiedad en sí no es mala; los humanos han sobrevivido gracias a ella durante milenios. Pero hoy en día es moneda corriente esa suerte de desasosiego sin motivo aparente. De hecho, la venta de tranquilizantes ha aumentado notoriamente en los últimos dos años. Según datos de la consultora de marketing farmacéutico IMS Health, mientras en el año cerrado en febrero de 2012 las droguerías, farmacias y mutualistas vendieron en Uruguay 1.699.766 cajas de tranquilizantes, en el año cerrado en febrero de 2014 la cifra aumentó a 1.888.347 ventas. Y eso que estos números no incluyen los fármacos recetados en Salud Pública ni en las aseguradoras privadas.

En Estados Unidos sostienen que hasta el 80% de las personas son lo que ellos llaman worriers (de worry: preocuparse; algo así como "sufridores" crónicos). De esta manera definen a la gente que siempre está en vilo, segura de que algo malo está por pasar, hipervigilante, preocupada por todo e incapaz de disfrutar de las cosas por completo.

Con menos pienso, y sin llegar a lo patológico, muchísimas personas se reconocen ansiosas por demás. Para profesionales consultados -quienes confirman que se trata de una emoción muy presente en la práctica clínica- esta suerte de "epidemia" del siglo XXI puede obedecer a distintas razones.

"Nuestra sociedad actual propone un exacerbado ideal del placer que va de la mano con un mandato de evitar el dolor. La publicidad juega con la angustia existencial. El mensaje subyacente es `la vida es corta, hay que apurarse a consumir`. Ese apuro que se promueve genera ansiedad. Y angustia, porque detrás asoma la idea del final, de la muerte", dice la psicóloga Ana Grynbaum. La responsabilidad de la cultura actual, "con una necesidad desmedida de éxito y donde los parámetros que gobiernan son comprar y consumir", también es mencionada por el psicoanalista Jorge Bafico. "Esto nos habla de un tiempo donde la ansiedad domina, ya que todo tiene que ser ya, rápido, en definitiva efímero", añade.

Brevedad, apuro, final, rápido, efímero; el concepto de tiempo aparece fuertemente arraigado al de ansiedad. Un claro ejemplo de ello es el discurso de Miguel, en el que hace continua referencia a su falta y a la necesidad imperiosa de llenarlo con actividades para no "perderlo".

Por eso mismo un sinónimo coloquial de ansioso suele ser "acelerado". "Es curioso ver cómo en el lenguaje corriente a menudo las personas hablan de sí mismas como si fueran máquinas: bajar las revoluciones, ponerse las pilas, bajar un cambio. Sabemos que las metáforas que usamos cotidianamente revelan en gran medida cómo pensamos o sentimos aquello de lo que estamos hablando, de manera que podríamos decir que las personas nos sentimos como si fuéramos aparatos que tienen que funcionar con los mismos criterios que esperamos de las máquinas: producir mucho en poco tiempo", analiza Correa.

El problema es que cuando un aparato se rompe, se sustituye por otro más nuevo y más eficiente. "Así nos sentimos muchas veces las personas, lo cual crea un círculo vicioso que hace aumentar la ansiedad, hasta que la sensación de sentirse superado, derrotado, impotente, instale el otro gran cuadro de moda: la depresión", agrega.

La angustia y la ansiedad son primas hermanas. La opresión en el pecho común a ambas puede confundir y la gente puede referir a una sintiendo en realidad otra. Sin embargo, según los especialistas en la angustia se siente más el carácter afectivo displacentero mientras en la ansiedad están más claras las respuestas físicas.

Noelia (30) dice que cuando está ansiosa tiene dificultades para dormirse y tiende a "reventarse las puntas del pelo", además de comerse las uñas. Por eso se las pinta, para intentar que al menos la coquetería la obligue a dejarse las manos en paz. En buena medida, lo ha logrado. Pero no es fácil domar el torbellino de agitación que ella llama ansiedad. "Para mí es una sensación incontrolable, un estado en el que tu corazón se acelera un poco más de lo normal, lo suficiente como para sentir la diferencia. Donde accionás de manera impulsiva sin poder controlarlo con la lógica. Sentís como un hormigueo en la cabeza, como si en la cabeza bombeara otro corazón... No es dolor pero se asemeja", intenta describir.

Miguel recurre a una similar complejidad de arrebatadas sensaciones para ilustrar lo que vive cuando se entiende ansioso: taquicardia, "un vacío en el pecho que se expande", bloqueos. "Lo peor que me pasó fue saber que tenía que hacer algo, tener la necesidad de hacerlo, saber que era urgente y quedarme paralizado. Sentir el latido del corazón, escucharlo latiendo. Que te duelan los ojos, sentir que te laten los ojos, es rarísimo", cuenta. Y echa mano a una anécdota para bajar el concepto a tierra: "Una vez, hace muchos años, me tomé una licencia entera y la última semana antes de volver a trabajar ya tenía problemas para dormir. La noche anterior a reintegrarme directamente no dormía. Me preocupaba el trabajo, no cumplir con las expectativas, fracasar, que me digan que está mal, perder contra otro. En la época en que tenía la ansiedad más acentuada, sentía que era el peor empleado".

Dificultades para dormir o para comer se repiten en la lista de características de los ansiosos. También "acelerar" al punto de olvidarse de hacer cosas importantes. La psicóloga Mariana Alvez tiene varios pacientes que comparten estos patrones. "Suelen ser impulsivos y también tienen rasgos obsesivos donde el perfeccionismo y la autoexigencia están presentes", detalla.

Si bien hay personalidades más predispuestas a padecer ansiedad, existen factores externos que la alimentan, como trabajos exigentes, exceso de obligaciones, poco descanso, falta de organización y hasta consumo excesivo de estimulantes. Otras veces, el elemento ansiógeno puede ser una persona. Miguel sostiene que su "peor época" coincide con la subordinación a un jefe tan ansioso como él. "Eso me retroalimentaba: es verte en un espejo. Si te asusta volar y en una turbulencia ves a la azafata agarrándose la cabeza, te refuerza el miedo", compara.

Pero por más estímulo externo que haya, el principal motor de este tipo de ansiedad suele hallarse en aspectos internos. "A pesar de que pueda existir la presión del entorno, lo que llamamos ansiedad está afectado por motivos psicológicos, diríamos, que dependen del modo como la persona se representa a sí misma en el mundo y el grado de seguridad y prudencia con que asume sus responsabilidades", dice el psicoanalista Correa. "En el fondo de la historia de un ansioso generalmente encontramos un ambiente familiar ansiógeno, que no dio seguridad ni ofreció vínculos confiables".

PASTILLAS.

La línea entre lo normal y lo patológico puede ser tan difusa como lo alude el dicho de que "enfermo es aquel que va al médico". Los expertos hablan de problemas cuando la ansiedad se vuelve crónica o se despierta sin motivo. En particular, cuando inhabilita. "Hay personas ansiosas pero es parte de su personalidad. Ahora, cuando la ansiedad desborda la vida del sujeto ya es otra cosa", señala Bafico.

Noelia reconoce que más de una vez llegó a suspender planes por culpa de su ansiedad. "He preferido estar sola en esos momentos. No recuerdo un caso puntual grave... Muchas veces me ha pasado que siento mucha ansiedad estando con gente, en el trabajo, e intento disimularlo y es peor. Luego te duele la cabeza, te desgasta, te quita energía. Me ha pasado cuando he estado sometida a mucho estrés".

La consulta al psicólogo o al psiquiatra suelen ser el paso obvio cuando alguien decide que ya fue suficiente. Pero recurrir a psicofármacos es a veces el camino más transitado. La primera vez que Noelia tomó ansiolíticos fue a instancias de un psiquiatra que fue a ver a raíz de un cuadro depresivo. El médico se los recomendó para compensar el efecto del antidepresivo que también le recetó. "Terminé con el tratamiento y dejé de tomarlos. Pero siempre me quedó eso de que el ansiolítico bajaba las revoluciones, entonces, como mi madre tomaba, dos por tres le pedía media pastilla, cuando sentía que estaba muy acelerada. Hubo una época en que lo tomaba casi todas las noches".

Para la última Encuesta Nacional sobre Consumo de Drogas, publicada en 2012, los investigadores presentaban la siguiente pregunta: "Hay medicamentos tranquilizantes como el Aceprax, Rivotril, Dormicum, Plidex u otros que son usados para calmar los nervios o para poder dormir. ¿Alguna vez en su vida tomó este tipo de medicamentos?". El 16% de los encuestados contestó que sí. Y de estos, la amplia mayoría (86%) aseguró que se los recetó un profesional, sobre todo un médico general o un psiquiatra, pero también otros especialistas.

Fue a instancias de su mujer que Miguel decidió ir a un psicólogo para trabajar su ansiedad. Un día, tras un ataque de angustia y llanto debido a un problema menor en el trabajo, salió del consultorio con un pase a psiquiatra en la mano. "Solo eso ya me hizo trabajar bien ese día, fue como un efecto placebo", reconoce hoy. Al poco tiempo comenzó a tomar alprazolam. "Me dijo que lo hiciera a demanda y empecé con media pastilla. Los días con más nervios tomaba uno entero". Tras una época de tranquilidad los dejó, hasta que la ansiedad reapareció y volvió a entrar a la farmacia con la receta verde. "Ahora estoy en una cosa mucho más a demanda, y me tomaré tres o cuatro por semana, menos los fines de semana. ¿Por qué? A esta altura…tal vez por adicción, no sé qué pasaría si dejo tomarlos", reflexiona.

Los profesionales consultados admiten que los fármacos pueden ser útiles y necesarios, pero también creen que en la actualidad hay un abuso de su consumo. "Los fármacos pueden ser buenos cuando la ansiedad afecta la capacidad de la persona al punto de poner en riesgo su salud física o mental. Por ejemplo, si come en forma desmedida o sufre de insomnio cotidiano. Si, en cambio, la persona tiene margen para autorregularse, es mejor eso que suministrar una pastilla de la que después es difícil prescindir", opina Correa, si bien entiende que los tiempos acotados de la consulta médica no permiten ahondar en los recursos anímicos del paciente, quien está ahí para hablar de su malestar y no para contar la historia de su vida.

El riesgo llega con la automedicación. La psiquiatra Raquel Zamora aclara lo sabido: no deben tomarse fármacos que no han sido recetados por profesionales médicos. "Las benzodiacepinas (alprazolam, diazepam, clonazepam, etcétera), conocidas como ansiolíticos, son para uso en períodos cortos por el riesgo de desarrollar dependencia", apunta. Y agrega que si el cuadro se "cronifica" hay que consultar con un psiquiatra. "Lo ideal es la asociación de fármacos con otras estrategias que son útiles para estas situaciones clínicas: técnicas de relajación, práctica de yoga, ejercicio, terapia. Es importante adquirir habilidades para el manejo de nuestra vida emocional", concluye.

Hace dos años que Noelia dejó los ansiolíticos, molesta con la sensación de ser dependiente de un fármaco. "Opté por la homeopatía o pastillas naturales, en base a tilo. Ahora cuando estoy ansiosa trato de no darle bola al estado o de controlarlo con respiración. Y si no puedo, sé que me dura poco y chau. No le doy tanta trascendencia. A veces siento culpa cuando estoy ansiosa y como de más, pero elijo trabajarlo en terapia y conmigo misma".

Aprender a tolerar la frustración ayuda a tranquilizarse

"La ansiedad cumple muchas veces un papel defensivo: le impide a la persona hacerse cargo de sí y enfocar lo que realmente le perturba la vida, lo cual generalmente es muy diferente de aquello tras lo cual andan corriendo todo el día", dice el psicoanalista Luis Correa. La baja tolerancia a la frustración es uno de los males que desemboca en ansiedad. Saber frustrase implica aprender de los errores e imaginar alternativas: dos operaciones que requieren de tranquilidad, confianza en uno mismo y paciencia. La ansiedad patológica impide todo eso. ¿Cómo enfrentarla? Lo primero, dice Correa, es asumirse como ansioso. Luego es necesario "explorar las causas y entender la historia de la propia ansiedad, para pensar alternativas". En tercer lugar hay que buscar formas de autorregulación, que pueden ir desde practicar yoga hasta asistir a un concierto de rock, hacer deporte, leer o ir a reuniones sociales. "La batalla contra la ansiedad se da `en otra parte`. Si me empeño en bajarla sin entender porqué estoy ansioso lo más probable es que ocurra al revés. Y claro, cuando no se puede solo, hay que pedir ayuda", finaliza.

Tensiones entre las sábanas

Que el sexo libera tensiones es cierto. Pero también puede provocarlas. Y cuando la relación sexual genera ansiedad se torna imposible concebir el encuentro como placentero. "Quien lo padece se centra en su preocupación, no en el placer. Se genera un círculo donde la ansiedad lleva al fracaso sexual y desde allí se instala una disfunción", explica el médico y sexólogo Santiago Cedrés. El temor al fracaso sexual, la demanda de rendimiento y el temor a ser rechazado por el compañero son fuentes generadoras de ansiedad en la cama.

La anticipación al fracaso es una de las causas inmediatasde algunas patologías, como la disfunción eréctil (DE) y trastornos orgásmicos. "Los pacientes que llegan por DE suelen comentar que tienen pensamientos del tipo `¿me volverá a pasar?`, condicionando el encuentro y generando así la profecía autocumplida. La ansiedad anticipatoria frente al encuentro sexual puede convertir un evento aislado en una disfunción", agrega el vicepresidente de la Sociedad Uruguaya de Sexología. En las mujeres, la anticipación al fracaso origina interferencias en la excitación, interrumpiéndola o no logrando elevarla lo suficiente como para poder llegar al orgasmo. No obstante, hay gran variedad de tratamientos de la ansiedad en la sexualidad, que pueden revertir la situación.

Ansiedad a flor de piel

Lo emocional tiene una gran vinculación con nuestra piel. Es una relación de ida y vuelta, ya que las enfermedades dermatológicas influyen y a su vez son influidas por lo que ocurre en la esfera psicológica.

Los estados de ansiedad, por ejemplo, pueden desencadenar empujes de diversas enfermedades, como psoriasis, alopecia areata, vitíligo o hiperhidrosis. Es decir, la reacción puede centrarse a nivel de la piel, de las uñas, en el pelo o en un franco aumento de la sudoración. Los distintos tipos de lesiones que caracterizan a estas enfermedades repercuten a su vez a nivel emocional en quienes las padecen, pudiendo aumentar su ansiedad, retroalimentando así el cuadro.

Según diversos estudios científicos, los pacientes con afecciones dermatológicas tienen más trastornos psiquiátricos que la población en general. Esto se debe a que las patologías de la piel y sus anexos están a la vista de quienes las sufren y de su entorno, dificultando en muchas ocasiones el desarrollo de una vida de relación social normal.

Por otra parte, la ansiedad puede llevar a empeorar algunas patologías, como el acné. El rascado intenso, el apretar las pápulas o traumatizarlas incluso con objetos, provoca en definitiva lesiones más inflamatorias y notorias, y finalmente cicatrices que permanecerán por toda la vida.

Algo similar ocurre cuando el rascado en un sector del cuerpo se vuelve incontrolable, originando heridas que pueden llegar a ser muy profundas, con secuelas importantes. Esto se conoce como dermatitis facticia y en la base de las lesiones autoinflingidas está el objetivo de llamar la atención del entorno.

A nivel del pelo existe lo que se llama tricotilomanía, que es el acto de arrancar en forma compulsiva el cabello, aunque a veces afecta también a las cejas y las pestañas. Es mucho más frecuente en las mujeres que en los hombres, y puede aparecer a cualquier edad, incluso en los niños.

En todos estos trastornos, lo más importante es actuar en conjunto tanto desde lo psiquiátrico como desde lo dermatológico para llegar a un buen diagnóstico, y así ofrecer los tratamientos que puedan solucionar o mejorar la sintomatología que padece el individuo.

Ejercicio físico: un remedio natural

Es sabido que la práctica de ejercicio físico mejora el estado de ánimo y tiene efectos beneficiosos sobre la ansiedad. Ya en la década de los 70 surgieron los primeros estudios -confirmados una y otra vez más tarde- demostrando que el deporte se encarga de reducir la actividad fisiológica que se genera en estado ansiedad. Las investigaciones afirman que el ejercicio muscular puede ser tan o más efectivo que los propios ansiolíticos para aflojar la tensión. Los ejercicios aeróbicos, como salir a correr, nadar, andar en bicicleta o patinar son de las disciplinas más efectivas en este sentido.

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