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Una carrera sin final

Hoy se vive un culto al éxito, aunque no se sepa exactamente qué es eso. Y ante la imposibilidad de tener reconocimiento, se proyectan ilusiones en los ídolos. La frustración está a un paso. POR LEONEL GARCIA


Lionel Messi, el mejor jugador del mundo, el de los récords quebrados uno a uno en el Barcelona, no consigue un título con su selección, Argentina. Es el astro, sin duda, y principal responsable de que ese combinado nacional —eso que por estas partes del mundo representa y une a un país más que el más sagrado símbolo patrio—llegue a las finales, al partido decisorio, en el que todos aspiran jugar, de los más prestigiosos torneos: Copa del Mundo 2014, Copa América 2015 y Copa América Centenario 2016. Y por ser quien es, a él apuntan los dardos de buena parte de los hinchas por las tres finales perdidas. Él, tan exitoso, pasa a ser el responsable del fracaso, de que la gloria vuele a otro país. Y él, tan habituado a los reconocimientos, no soporta esa presión social. Y dice que renuncia, aunque sus allegados aseguran que vuelve, mientras su procesamiento en España por temas tributarios le suma otra preocupación de las grandes.

Hay presiones de los otros y también propias. Messi, no cabe duda, es muy exigente consigo mismo. Pero también hay otros que se exigen mucho en pos de esa entelequia llamada éxito: empresarios, músicos, actores, modelos, periodistas, comerciantes, abogados y un largo etcétera. Buscan eso y reconocimiento social. Otra cosa sería un fracaso. No hay grises.

Hoy hay un culto al éxito, subraya Juan Fernández Romar, profesor de Psicología Social de la Facultad de Psicología de la Universidad de la República. Eso se debe, dice, al auge de la psicología. "De alguna forma, esta ocupa el lugar de una nueva remisión laica. El éxito y el fracaso, que antes podía entenderse como obra divina o del azar, es entendido como resultado de las acciones de la vida". No esperar a un designio divino es un saludable impulso para la proactividad, pero que uno sea arquitecto de su propio destino puede dar lugar a obsesiones enfermizas. "Eso puede ser en parte cierto, pero se desconocen otros factores que juegan, accidentales o limitaciones de tiempo y lugar".

¿Dónde queda el límite entre una saludable y necesaria ambición y algo más patológico? Según Mariana Álvez Guerra, especializada en psicología positiva, la clave se relaciona con elegir metas, intrínsecas o extrínsecas. Las primeras tienen que ver con el desarrollo personal y emocional y en mejorar nuestras propias cualidades, lo que según la experta es la llave a la felicidad. "Y lo otro es tener reconocimiento social, tener fama, dinero y ostentar", agrega. Según la experta, esta búsqueda llega a extremos tan efímeros y futiles como pensar un posteo de Facebook o un tuit que tenga repercusión. "Hoy por hoy, la sociedad y los medios te venden que el éxito está relacionado con lo superficial, y eso es un problema. Porque la insatisfacción se transforma en ansiedad, que no casualmente es el gran mal de nuestros tiempos (ver aparte)".
Autoestima.

Esa ansiedad por ser reconocidos a nivel profesional, según la psicóloga Álvez Guerra, está relacionada con una autoestima mal canalizada y una baja tolerancia a la frustración. "A veces, sobre todo los hombres, apoyan toda la autoestima solo en lo laboral, descuidando todos los demás aspectos de la vida". Es común que, en esa búsqueda del éxito en su variante más superficial, de la mano de las frustracionestambién naufraguen otros proyectos personales, vínculos e incluso parejas queden por el camino, añade. "Cuando el éxito es una obsesión nunca te vas a sentir satisfecho. Es correr eternamente detrás de una zanahoria".

Y así, esa frustración se canaliza en los ídolos. Esos que sí son —o deberían ser— exitosos. "Ya sea por nacionalismo o por pertenencia a determinado club, las sociedades necesitan elegir a sus héroes. Y en nuestras fantasías nos proyectamos en sus propios éxitos", dice Fernández Romar. "Es un modo de realizarse en fantasía, porque lo asumo como parte mía y sus proezas también son mías. ¡Algo de ganador debo yo tener porque lo elegí como mi héroe!", añade.

Claro que el héroe falla (para Argentina, por caso, Messi errando un penal; pero ejemplos sobran). Y aquí surge el problema cuando uno endiosa tanto a esas figuras que no les permite equivocarse. Miles de personas que no han hecho nada por esta vida más que durar y transcurrir se creen con derecho a tildarlos de fracasado, cosa que se amplifica en épocas de redes sociales. "Es que ahí entra a tallar mi propia frustración: si él no puede, que es alguien maravilloso, yo menos. Una posibilidad es descargar mi ira porque yo nunca podría lograr algo así, porque estoy confinado a mis propios logros o no. Otra es proyectar hacia los demás: como me siento criticado, critico. Las personas más enojadas con su vida son las que más hacen este tipo de cosas", resume Álvez Guerra —y Messi, humano al fin, tira la toalla—.

Sobre la costumbre de proyectarse en seres presuntamente marmóleos, Fernández Romar recuerda la paradoja —de la cual sobran ejemplos— en que éxito y felicidad no fueron de la mano. Kurt Cobain, Marilyn Monroe y Robin Williams son solo tres ejemplos. "Una persona exitosa es aquella que es feliz sin necesidad de impresionar ni demostrarle nada a nadie", opina Álvez Guerra. "Está bárbaro ser apasionado por tu carrera y progresar, pero si lo hacés de corazón, con ganas y además te nutrís como persona, ahí tenés el verdadero éxito. Ser el mejor es imposible; además, siempre va a haber uno mejor".


CAUSA DE LA ANSIEDAD

La insatisfacción por no sentirse realizado (por no llegar al éxito) es una de las grandes causas de la ansiedad. Según distintas fuentes, entre el 3% y el 5% de la población la padecen. "Mucha gente está ansiosa porque tiene metas inalcanzables de ser el mejor, el más lindo, el más rico. Empezamos a compararnos con el otro, a competir, a estar estresados y a perder tiempo en ver a quién le ganamos", dice la psicóloga Mariana Álvez Guerra. Eso termina canalizándose en actitudes no sanas como fumar, tomar o comer en exceso. El tratamiento clásico es la terapia congitiva-conductual, con técnicas como el mindfulness.


UNA NECESIDAD DE ÉXITO QUE COMIENZA DESDE LA INFANCIA

El culto al éxito actual, según Juan Fernández Romar, profesor de Psicología Social, se potencia desde Internet. Un blogger o un youtuber pueden tener una audiencia planetaria sin moverse de sus casas, sostiene.

Esa obsesión, además, se nota desde la infancia. "Hay padres con una proyección de realización tal en sus hijos que se les va la vida en ello", dice Fernández Romar. "Sobre todo en el fútbol". Ir a cualquier cancha de baby fútbol del país alcanza para darse cuenta.

A su vez, la psicóloga Mariana Álvez Guerra sostiene que en algunos niños ya existe esa tendencia a sobresalir y ser mejores. "También está la premisa inconsciente de que si sos bueno te van a querer más. A veces eso se fomenta por la propia educación recibida en casa: si mi padre me premia por ser el mejor de la clase, entonces eso es lo que voy a tener que hacer por el resto de mi vida. Para peor, a veces el niño va a mostrarle las notas a su padre y por única respuesta recibe un: Ah, podrías haberlo hecho mucho mejor. Esa falta de empatía también ayuda a crear esa voracidad por ser el mejor".

Esa necesidad del éxito, entonces, sería en algunos casos "falta de amor y de aceptación", de acuerdo con esta psicóloga. "Eso es una conducta muy primaria que se repite siempre: buscar que el reconocimiento social tape esas carencias de cariño y empatía que hubo cuando niños".

Un sistema de calificaciones, como el que hay en la escuela y el liceo, ¿no alimenta una obsesión temprana por ser mejores? "Ese es un tema que hoy está en discusión a nivel pedagógico", piensa por su lado Fernández Romar. "El tema es que en los países hegemónicos que marcan las tendencias —Estados Unidos, Europa, Japón y China— ya desarrollan una idiosincracia extremadamente competitiva, porque es un dispositivo de evaluación y también de esa selección. Esos países lo precisan, justamente, para mantener su propia hegemonía".

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